Empeño de vida de octubre 2026

Cuando soy débil, entonces soy fuerte
«Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo» (2 Cor 12, 9).
Cuando el Señor nos llama, nos envía a continuar su propia misión en el mundo. Dios desea que todos los hombres y mujeres se descubran como hijos e hijas amados y vivan en unidad: «que todos sean uno» (Jn 17, 21). Por esta razón, también nosotros —miembros de la Familia del p. Ottorino— nos sentimos enviados por la Iglesia a toda la humanidad para promover el misterio de la comunión, siguiendo el ejemplo de hermanos y hermanas que, a lo largo de los siglos, han sido constructores de unidad en la caridad. San Pablo es uno de ellos. Sus cartas dan testimonio de su pasión por la misión, pero también de su conciencia de la propia realidad, donde la pobreza y las limitaciones se entrelazan con la magnificencia de la vocación recibida. Pablo se reconoce como una persona frágil; sin embargo, en medio de sus debilidades, aprende a dejar que actúe el poder de Dios. Así, contempla cómo se despliega la obra del Espíritu, que transforma la propia fragilidad en un espacio precioso para la manifestación del amor que viene de lo alto.
A veces podemos pensar que ser misionero exige perfección, o corremos el riesgo de confundir una vida santa con una existencia libre de debilidades, limitaciones y pecado. Pablo nos ayuda a comprender que esta visión de la vida cristiana es errónea; de hecho, puede engendrar sentimientos de superioridad o, por el contrario, una culpa inútil, haciendo imposible abandonarnos en manos de Dios Padre. El misionero, en cambio —al igual que Pablo—, conoce la verdad sobre sí mismo: una realidad compuesta de limitaciones y talentos, pobreza y riqueza, fragilidad y un potencial infinito. Habitar el espacio entre las restricciones de nuestra naturaleza de criaturas y el deseo ilimitado de entregarnos —un deseo que nos impulsa hacia lo infinito— constituye el arte de una vida alegre y armoniosa; se convierte en el modo principal de dar testimonio de la posibilidad de la unidad. Pues quienes viven sin máscaras ni subterfugios —alejándose de la ambigüedad tanto de la omnipotencia como de la autocompasión— se abren al poder del Espíritu que obra en sus corazones y vidas, guiando sus decisiones concretas hacia la plenitud interior. De este modo, nos convertimos en verdaderos artífices de paz, capaces de forjar relaciones auténticas incluso en medio de las luchas y pruebas de la vida.
Al igual que Pablo, aprendamos a reconocer y nombrar tanto nuestras limitaciones como nuestros dones. Así podremos presentarnos ante los demás con la humildad que nace de saber quiénes somos realmente. De la actitud serena de quienes son honestos consigo mismos y con los demás, brotará la corriente fecunda de la unidad en la caridad.
¿Cómo vivir, entonces, el empeño de vida de este mes?
Cada día, durante los cinco minutos de la noche, recuerdo una de mis limitaciones y una de mis fortalezas que se manifestaron a lo largo de la jornada, y las anoto para dar gracias a Dios por quién soy.
P. Ottorino: Conscientes de nuestra miseria, pero también de nuestro poder
El Señor quiere que yo salve al mundo, pero ¿qué soy yo? ¡Nada, nada! Los Apóstoles, pobrecitos, tuvieron conciencia de esta misión, pero, al mismo tiempo, tuvieron también conciencia de su miseria. Uno traicionó, otro abandonó al Señor, todos se escaparon. Pocos días antes decían: “Señor, ¿quién es el primero en el Reino de los cielos? ¿Quién estará a la derecha y quién a tu izquierda, quién será el primer ministro y quién el segundo?”. Y luego siguieron estropeando todo hasta el final. Sin embargo tenían esta misión, a pesar de sus miserias. Además, ¿con qué podían contar? ¿Con el dinero? No tenían nada. ¿Con su poder, con su influencia diplomática para con los sacerdotes? El sumo sacerdote hizo matar a Cristo. Entonces ¿podían contar con la potencia de Roma? Pilato lo crucificó. ¿Entonces con Herodes? Se burló de Él. Y entonces ¿con qué podían contar? ¿Sobre sí mismos? No, porque no eran nada. ¿Entonces con qué? “Señor, en tu nombre echaré las redes” (Lc 5, 5). He aquí cómo debemos ser: tener verdadera conciencia de nuestra misión y absoluto deseo de realizarla, conciencia de nuestra miseria, pero también conciencia de nuestro poder en el nombre de Cristo. (M205 del 7 de noviembre de 1967)
Oración de intercesión del mes de Octubre 2026
Dios y Padre nuestro, que en tu siervo, el padre Ottorino, nos ofreces el vivo testimonio de un sacerdote en continua búsqueda de tu voluntad, confiadamente abandonado a tu providencia, lleno de fuego apostólico y promotor de una nueva imagen de ministros en la Iglesia, a imitación de Jesús, sacerdote siervo, por sus méritos y virtudes, infunde en nosotros tu Espíritu, para realizar tu plan de amor y concédenos, por su intercesión, la gracia de ser testigos creíbles de tu amor.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén