Experiencia de nuestro viaje a Buenos Aires
Somos Federico y Marzia de Vicenza, ambos nos acercamos a los 50 años de edad y somos padres con dos hijas en plena adolescencia, y este verano decidimos regalarnos unas vacaciones especiales, ya que marcaba el final exitoso de dos viajes: la ordenación diaconal y el cambio de trabajo de Federico, así como el aniversario de nuestros 18 años de matrimonio. Decidimos visitar a nuestro querido amigo Jorge Luis, a quien hemos conocido en la Casa de la Inmacualada en los últimos años, a partir de 2018, y que siempre ha venido a visitarnos a Vicenza: ¡nos gustaba la idea de poder corresponder a la visita!
Desgraciadamente, unos días antes de nuestra partida, recibimos la mala noticia de que Jorge Luis estaba hospitalizado en estado grave, pero también de que sus hermanos, aunque no nos conocían, seguían dispuestos a acogernos. Decidimos, pues, partir con el espíritu libre de expectativas y con el deseo de estar cerca de nuestro amigo.
Al llegar al aeropuerto fuimos recibidos calurosamente por algunos amigos de los religiosos (parte de los Amigos de padre Ottorino) que se pusieron a nuestra disposición para trasladarnos al seminario de Don Torcuato donde permanecimos durante quince días. Luego conocimos a Juan Carlos y poco después también a Luis Carlos que había venido desde Paraguay para apoyar a la comunidad.
Durante quince días, pudimos compartir nuestra vida cotidiana con los padres de la PSSC, que nos abrieron su corazón y nos hablaron de las numerosas iniciativas y proyectos llevados a cabo a lo largo de los años por los distintos diáconos y padres que se habían sucedido con la ayuda de los habitantes del barrio, que aún hoy están muy agradecidos.
Nos acompañaron Susana en una visita a la escuela profesional “Il Telar”, Lorena en una visita al Jardín de infantes, el Centro de Educación Complementaria (CEC) y el polideportivo que lleva el nombre de Padre Ottorino Zanon (la inscripción Ottorino Zanon en el fondo de la piscina es muy llamativa).
El padre Juan Carlos, entre sus muchos compromisos, nos regaló una tarde para visitar las tres capillas de la parroquia de Don Torcuato y con ellas a los voluntarios que se ocupan de las diversas actividades relacionadas (coro, catequesis, lectores, embellecimiento de la iglesia, etc.).
Con el padre Luis Carlos, tuvimos la oportunidad de conocer el barrio más pobre de la parroquia ‘Bancalari’ gracias a la guía de la señora Hilda, que nos permitió adentrarnos en las estrechas calles del ‘barrio’.
Todas las jornadas estuvieron acompañadas de la celebración de la Eucaristía en las distintas iglesias y de la preparación y el compartir de las comidas juntos. En un par de ocasiones, fuimos huéspedes de familias del barrio que nos abrieron sus casas y compartieron la mesa con sus familiares y amigos, pasando momentos alegres y cantando juntos acompañados por la guitarra. También participamos en un Bingo parroquial celebrado, debido a una emergencia meteorológica, en el interior de la Iglesia de San Cayetano.
Disfrutamos mucho de la liturgia eucarística presidida por los padres, que junto con el coro, monaguillos, lectores y ministros extraordinarios de la Eucaristía hacían participar a la asamblea reunida, haciendo tangible la belleza de la celebración comunitaria.
Con la llegada del padre Luca, tuvimos la oportunidad de visitar la ciudad de Buenos Aires durante el día, gracias a la disponibilidad de Susana y Antonio, quienes también nos acompañaron a conocer algunos lugares característicos de la localidad de Tigre como el Puerto de Frutos y la navegación por el río Sarmiento.
Con el padre Lucio, pudimos conocer mejor la persona del padre Ottorino, también a través de las diversas anécdotas que acompañaron la vida del venerable, relatadas por el padre Luca, que también habló de la “familia carismática” y de la posibilidad de que se abra también a los diáconos diocesanos permanentes. Los dos últimos días se dedicaron a hacer turismo por el centro de Buenos Aires: una grandeza de edificios y espacios abiertos, herencia de un pasado glorioso que choca con un presente frágil, multiétnico, con una pobreza visible y habitado por gente bella.
Unos días antes de nuestra partida, tuvimos la gracia de poder encontrarnos con el padre Jorge Luis en el hospital, ya que su situación clínica mejoró rápida e inesperadamente.
Durante estas dos semanas respiramos “aire de familia”, vivimos la amabilidad de los pequeños gestos, sintiéndonos parte de la comunidad de los padres de San Cayetano y recibiendo el afecto sincero de los feligreses que nos mostraron su amistad.
Estando a 11.000 km de casa, sin hijas, sin padres, fuera de tu zona de confort, en un país donde no conoces el idioma, junto a personas que aún no conoces bien pero en las que sientes que puedes confiar, la vida cotidiana adquiere una nueva perspectiva. Muchos feligreses se asombraban de que no fuéramos a visitar la belleza natural de la tierra argentina, sino que hubiéramos venido a Don Torcuato para estar allí. En realidad, Marzia y yo sentíamos un profundo deseo de vivir una experiencia nueva que nos permitiera reavivar relaciones profundas y satisfactorias, libres, en la medida de lo posible, de la lógica del uso y el intercambio. Cuando se mira al mundo con este deseo, el mundo cambia. Y entonces las miradas, las sonrisas, el mate (bebida típica argentina) ofrecido como gesto de amistad, las pequeñas aventuras del día adquieren sentido porque se convierten en un medio para acercar algo y dejan de ser el resto de algo, se convierten en “las migajas que caen de la mesa” (Mt. 15, 27) y que sacian. Mientras escribo estas líneas, revivo, por ejemplo, la mirada fulminante del padre Lucio y su deleite ante el risotto de hongos que cocinó Marzia, lo veo seguir atento y en silencio los discursos durante la cena, recuerdo las dos estolas de colores que me regaló Juan Carlos (en nombre también de Jorge Luis), los momentos difíciles que vivieron los padres durante esos días y las risas con Luis Carlos cuando Marzia y yo probamos por primera vez el amargo del mate.
Durante estas semanas, el tiempo pasaba lentamente y nos impresionaban mucho las miradas de la gente con la que nos cruzábamos. Los niños del Jardín nos conquistaron con su espontaneidad y nos encontramos con ellos como compañeros de juego.
Como diácono, me sentí parte de lo que estaba viviendo, aunque desde el punto de vista litúrgico, al no hablar español, preferí no concelebrar. La imagen y el contexto en el que trabaja el diácono en nuestra diócesis es muy diferente del contexto que encontramos en Don Torcuato: el relato de lo que han hecho los diáconos de la PSSC, el recuerdo de las personas que hemos conocido, la estima y el cariño de los hermanos dirigen nuestra mirada e inspiran nuestro corazón más allá de la mera disponibilidad para el servicio, para redescubrir la esencia del seguimiento de Jesús a través de la atención a los más pequeños.
La Palabra se hizo presente, y gracias a la intuición de Marzia, que captó la perspectiva, por primera vez nos dimos cuenta de que la Palabra nos acompañaba e iluminaba nuestras vivencias cotidianas, dando sentido a nuestra experiencia: nos seguía y nosotros tratábamos de seguirla. Por lo menos en tres ocasiones notamos con asombro cómo los acontecimientos que habíamos vivido en un día, y las reflexiones y preguntas que seguían, al día siguiente encontrábamos, al escuchar y recitar las lecturas del día, respuestas puntuales, referidas al día anterior, que confirmaban o revelaban nuevos significados. Todo de forma muy sencilla. Por ejemplo, ante la indecisión de revivir la experiencia con los niños de la CEC y del Jardín vivida el día anterior, el texto evangélico de Mateo (Mt 18, 1-5) “Si no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos” nos iluminó sobre el hecho de que no era necesario volver a vivir la experiencia con los niños (y con ellos el asombro y la maravilla) sino redescubrir la experiencia de confiarnos al Padre y vivir el nuevo día con la confianza de que seguiríamos estando acompañados.
Habiendo partido con la idea de pasar unas vacaciones especiales, tuvimos una experiencia de vida que nos enriqueció humana y espiritualmente, y volvimos a casa con la alegría de saber que nuestro amigo Jorge Luis estaba mejor. ¡Les invitamos a todos a vivir también una experiencia de misión con los PSSC!
Marzia y Federico

