El corazón quiere lo que el corazón quiere
Comúnmente, el mes de febrero se dedica a los enamorados o a quienes, más o menos, han dedicado su estilo de vida ‘al amor’.
El santo Evangelio nos recuerda que «donde esté tu tesoro, allí se encontrará también tu corazón» (Mt 6,19-23)… algo que hay que buscar, por tanto, que hay que valorar y buscar continuamente, ¡porque así es la vida!
Intentaré expresar algunos sentimientos vividos durante este último período, tan rico en acontecimientos y emociones personales y comunitarias… el traslado de América Latina a Italia, el curso de actualización espiritual y pastoral, el jubileo de los diáconos y, finalmente, mi llegada a Monterotondo, a la comunidad y a la iglesia donde fui ordenado diácono hace cuarenta años.
Muchos acontecimientos, pero un único hilo conductor: es Dios quien guía la historia personal de cada uno y en su providencia ilumina y subraya algunos aspectos muy significativos para la propia vida espiritual y más allá.
Durante meses me habían hablado del cambio de comunidad -es decir, de estilo de vida, de país, de lengua- que ha tenido lugar en las últimas semanas.
Abandonar El Salvador después de 25 años no es algo tan inmediato y obvio: requiere también estar dispuesto a adquirir una nueva mentalidad. El Señor ha sido bueno conmigo y ha permitido que durante este tiempo se produjeran algunos hechos y acontecimientos significativos que me han ayudado mucho.
El curso de actualización espiritual y pastoral que vivimos con un nutrido grupo de hermanos y hermanas en la diaconía en Guatemala. Hábilmente tocamos algunos aspectos fundamentales de nuestro ser pastores religiosos. No quiero parecer ingenuo al afirmar la importancia de haber hecho esto «juntos», que no es poco porque da luz y claridad en lo que somos y hacemos. Quisiera utilizar un ejemplo para hacerme entender: si leemos y meditamos sobre «nuestras cosas» solos, es como si leyéramos un documento sin gafas… para los que las usan habitualmente. En cambio, estar juntos y meditar comunitariamente, da una óptica nueva: los textos brillan así con luces nuevas, dando valores y perspectivas inimaginables; precisamente porque se hace juntos. ¡Aquí radica todo su valor innovador!
El saludo a la comunidad cuyultitana, y a América Latina, desencadenó en mí sentimientos y recuerdos de rostros y circunstancias vividas juntos y, no menos importante, la pandemia que cambió, en un solo día, hábitos, modos de ser y de vivir.
Quién no recuerda las notas poéticas de Manzoni: «Adiós, montañas que brotan de las aguas y se elevan hacia el cielo; cimas desiguales, conocidas por quienes crecieron (vivieron) entre ustedes, e impresas en sus mentes (corazones)…»: ¡poesía sí, pero también muchos recuerdos y emociones!
El abrazo de los niños en la última misa (porque en El Salvador no se dice adiós, sino que se abraza para decir ‘adiós’ y ‘te llevamos en el corazón’) fue un mutuo y cálido buen deseo para todos.
En este punto me conviene expresar lo que yo llamo ‘paternidad espiritual’, que también caracteriza la actuación del diácono, y lo hago citando tres ejemplos concretos
Uno puede encontrarse en mi página de Facebook, donde un joven, en sus dificultades personales y familiares y su enfermedad renal, se dirigió a mí, llamándome «papá», él que ya no lo tiene.
Lo mismo puede decirse de un chico muy cercano a nuestra comunidad que fue criado desde su concepción por su abuela: en este sentido su familia era inexistente para él. En nosotros vio un signo de esperanza, porque somos familia.
Una vez más, el padre Ottorino sigue siendo un signo fascinante para los que se sienten solos, para los pequeños y los huérfanos. ¡Habría tantas historias que contar aquí, en El Salvador! Basta pensar en los hijos de los emigrantes y, no menos importante, en la de un joven sacerdote que, preso del alcohol y tras un accidente de coche, fue detenido. Fue abordado y «acompañado», él que era un respetado profesor de la escuela de policía aquí en nuestra diócesis.
Cuando uno se encuentra solo, recurre a quienes saben escucharle y acompañarle; en este sentido, los medios de comunicación ayudan, como hemos experimentado en la pandemia.
Sobre todo… ¿qué decir de lo que sucede en este país, el más pequeño de América Latina, llamado «el pulgarcito de Centroamérica», con sus más de setecientos mil jóvenes presos, por ser considerados delincuentes, estigmatizados y aislados de todos, sin relación ni comunicación con sus familias?
Seguro que también dejaron en casa a niños que a todos los efectos son huérfanos en una guerra que se califica de «moderna», «civilizada» e… ¡injusta!
Crucé el Océano Atlántico… no sólo con mis maletas, sino con el corazón lleno de sentimientos y gratitud, por haber conocido a personas formidables, campeones en la fe y testigos con antorchas encendidas; agradecido, no pude hacer otra cosa que rezar por ellos, y como decimos comúnmente aquí: ‘que Dios se los pague por tanto cariño’.
Al llegar a Fiumicino, me sumergí inmediatamente en el ambiente y el acontecimiento del Jubileo de los Diáconos; aterricé junto con el diácono Fredy Pallacios y su esposa, que habían venido de Chicago. Él es uno de los pocos diáconos de Guatemala.
Qué bueno fue para mí participar en este acontecimiento mundial, con la presencia también de figuras que conocía personalmente.
En el acto del Jubileo organizado por el Dicasterio para el Clero, en la Via della Conciliazione de Roma, sentí con fuerza que «aquí está el dedo de Dios», utilizando el lenguaje «ottoriniano»: ¡y así fue! Algunos podrían pensar que verdaderamente «el cielo ha pensado en nosotros», en esta pequeñísima familia que tuvo la audacia de provocar el Concilio Vaticano II… y ahora sigue haciéndolo.
Se ha dicho que había muchos diáconos celebrando el jubileo en San Pedro, tras haber atravesado la Puerta Santa el día anterior. En aquellos días se hablaba de cifras: las estadísticas oficiales dicen que hay más de cincuenta mil diáconos en el mundo; yo pensaba en nosotros, un pequeño grano de mostaza, en un jubileo con una mirada profética y evangélica.
Con corazón paterno dejé el «continente de tantas esperanzas» -y aquí justifico el título de este artículo- para venir a la parroquia de Jesús Obrero de Monterotondo, en el «viejo mundo», donde fui ordenado diácono hace cuatro décadas.
Ahora me miro en el espejo y veo que empecé como un joven de grandes esperanzas, y me encuentro como un «abuelo», con un gran deseo de comunicar lo que he aprendido y experimentado, con alegría, entusiasmo y fe.

