Hay dos maneras de alimentar la fe: la primera es la intervención directa del Señor en ciertas personas que no han tenido la posibilidad de estudiar, como tantas de nuestras mamás: Él mismo se encarga de darles lo mínimo necesario; y entonces estas personas comienzan a tener un contacto personal y consciente con Dios.
Es así como tantas personas sencillas, sin haber estudiado teología, sin haber estudiado muchos libros, llegan a conversar familiarmente con el Señor: son personas a las que el Señor instruye Él personalmente.
Pero no hay que pretender ser de esas, porque el Señor te manda el pan milagrosamente solo cuando tú no tienes campos ni la posibilidad de trabajar la tierra. Pero si te ha dado la inteligencia y te ha puesto en un lugar donde puedes instruirte, donde puedes alimentar la fe, tú tienes el deber de alimentar tu fe por medio del estudio, de la lectura del santo Evangelio y de los libros santos, de la meditación de los tratados.
Entonces, poco a poco, tu fe comienza a convertirse en planta y, junto con las santas costumbres que aprendiste de niño, se forma la verdadera fe, viril, fuerte, ardiente del hombre de Dios.